
Bésame ahora, róbame el alma en un suspiro.
Arranca mi ropa a jirones.
Lánzame en el suelo del jardín,
y amarra con tus manos, mi cuerpo mi alma.
Mírame con odio, mírame con pasión,
pero no dejes de tocarme.
Muérdeme y hazme gritar de dolor.
Únete a mí y convirtámonos en tormenta.
Deja que la lluvia se funda en mi pelo,
deja que el rayo ilumine mis ojos,
deja que el trueno ahogue mis gemidos.
Sigue y no pares, porque nuestros cuerpos
iluminan la oscura noche.
Las hojas de los árboles se confunden
con tus manos que inundan mi cuerpo.
Tu sudor suave néctar
que mezclado con la lluvia
ciegan mi razón.
Tómame y húndete en mis entrañas
hazme mártir de tu calor.
El pasto se ha convertido en miles de agujas
en mi espalda, y la tierra
amenaza con hacerme sangrar.
Pero no pares, no pares hasta que
que tus dedos se fundan en mi cuello
y no dejen entrar en mí el viento,
ni siquiera el delicado perfume de la rosa.
La siento venir, aquella agónica parálisis
de ambrosía y tus dedos rompen la carne
de mi destino, siento la cálida lava de mi cuello
brotando como una cascada, mientras la ambrosía
entre mis piernas ha llegado.
¡No me mires a los ojos! Sólo termina de una vez.
No puedo oír, no puedo ver,
solo sentir como la vida
se me escapa en un turbulento
torbellino tan cálido y repentino.
Ya no siento, solo veo la lluvia y el rayo
y un despojo que se suponía
era mi cuerpo y mi vida.
Arranca mi ropa a jirones.
Lánzame en el suelo del jardín,
y amarra con tus manos, mi cuerpo mi alma.
Mírame con odio, mírame con pasión,
pero no dejes de tocarme.
Muérdeme y hazme gritar de dolor.
Únete a mí y convirtámonos en tormenta.
Deja que la lluvia se funda en mi pelo,
deja que el rayo ilumine mis ojos,
deja que el trueno ahogue mis gemidos.
Sigue y no pares, porque nuestros cuerpos
iluminan la oscura noche.
Las hojas de los árboles se confunden
con tus manos que inundan mi cuerpo.
Tu sudor suave néctar
que mezclado con la lluvia
ciegan mi razón.
Tómame y húndete en mis entrañas
hazme mártir de tu calor.
El pasto se ha convertido en miles de agujas
en mi espalda, y la tierra
amenaza con hacerme sangrar.
Pero no pares, no pares hasta que
que tus dedos se fundan en mi cuello
y no dejen entrar en mí el viento,
ni siquiera el delicado perfume de la rosa.
La siento venir, aquella agónica parálisis
de ambrosía y tus dedos rompen la carne
de mi destino, siento la cálida lava de mi cuello
brotando como una cascada, mientras la ambrosía
entre mis piernas ha llegado.
¡No me mires a los ojos! Sólo termina de una vez.
No puedo oír, no puedo ver,
solo sentir como la vida
se me escapa en un turbulento
torbellino tan cálido y repentino.
Ya no siento, solo veo la lluvia y el rayo
y un despojo que se suponía
era mi cuerpo y mi vida.











